viernes, 11 de junio de 2010

UN POCO SOBRE MIGUEL DELIBES

ENTREVISTA CON EL AUTOR

Cuando llegamos a su casa estaba comenzando el otoño en Valladolid. Estaba sentado Miguel Delibes en su silla de siempre, debajo del retrato de su mujer, Ángeles, fallecida cuando era aún joven, en 1974. La señora de rojo sobre fondo gris. La mujer de su vida.

Después de la muerte de Ángeles, Delibes, que ya era un clásico vivo de la literatura española, sufrió un bache emocional. La presencia de ese cuadro sobre la cabeza de don Miguel evoca ese tiempo y la felicidad que los dos vivieron. Durante años, esa ausencia era una presencia íntima y dolorosa, una herida de la que acaso le ayudó a salir un libro memorable, íntimo, casi secreto, "Señora de rojo sobre fondo gris". "Don Miguel", le dijimos cuando le fuimos a ver para esta entrevista, "poca gente habla de ese libro, y es impresionante, tan íntimo, tan veraz". "Tendrán pudor", dijo.

Nosotros quisimos hablarle de ese libro; lo hicimos en persona, pero el maestro prefería hablar poco, y escribir, dar las respuestas por escrito. Estuvimos charlando con él un rato largo, para lo que él ahora acostumbra, cabreado con la vida, o mejor dicho, cabreado con la mala salud con la que le acompaña la vida. Cuando nos fuimos nos dijo: "Ya no me verás nunca mejor de como estoy ahora". […]

Antes de esta visita le habíamos visto por última vez hace unos años en Sedano (Burgos), que es casi un símbolo familiar de la felicidad con la que discurrió hasta el final la vida de Ángeles y Miguel. De lo último que hablamos, en persona, cuando estuvimos en su casa, fue de su propia estantería, de los libros que lee, de los libros ajenos; había leído, o estaba leyendo, los voluminosos diarios que Adolfo Bioy Casares dejó escritos sobre su larga convivencia con Jorge Luis Borges. ¿Y sus libros, Delibes, cuáles son los libros que usted prefiere de entre todos los que ha escrito? "Huy", fue su respuesta, en directo. Cuando le enviamos el cuestionario, pusimos esa curiosidad en primer término, un pórtico a una serie de preguntas cuya respuesta principal acaso sea ésta: "¿Puedo quejarme yo de soledad?". En un momento en el que la salud no le responde, esa pregunta propia suena ahora como un halagüeño resumen de su manera de contemplar los años pasados. Y su recuerdo, emocionante y vibrante, casi físico, fresco, de Ángeles convierte algunos párrafos de otras respuestas en una emocionante, retrospectiva y presente declaración de amor de Miguel Delibes.

Aquí el cuestionario y sus respuestas:
-Imagínese ante una estantería de sus propios libros, y usted no es el autor, sino Miguel Delibes, un lector. ¿Por qué libro empezaría?
-No es fácil imaginarse una situación así, pero yo, como lector, suelo iniciarme con un autor por lo más corto que encuentre: en mi caso personal empezaría por Viejas historias de Castilla la Vieja. Y si me gustase, iría aumentando el volumen de mis lecturas respetando la cronología, aunque sin ningún rigor.

-Hay una obra de soledad, 'Cinco horas con Mario'. ¿Cómo nace? Don Miguel, ¿la soledad se combate? ¿Sale uno victorioso, o la soledad ya es una vestimenta, va con nosotros a las fiestas y a las despedidas?
-Por de pronto, no hay que confundir la soledad con la falta de compañía. La primera la padezco como viudo fiel que he sido, pero no la segunda, ya que me siento muy arropado. Mis hijos están conmigo. Los vecinos me paran en la calle para preguntarme por la salud, el Ayuntamiento de mi ciudad pone mi nombre a lugares culturales notables. Mi familia y amigos se desviven por atenderme, me abastecen de la compañía que necesito. ¿Puedo quejarme yo de soledad? […]

-Usted escribió en 'Señora de rojo sobre fondo gris': "¿Más de media docena de personas en el mundo que merezcan ser amadas?". ¿Las hay, don Miguel? ¿Qué nos hace amar a la gente?
-Las hay, seguramente más. Y ¿por qué nos amamos? El tirón, tanto en el amor como en la amistad, es para mí un misterio.

-Ése es un libro extraordinario, como una herida que se va abriendo a medida que avanza. Y hay un paralelismo entre su vida con su mujer, Ángeles, y las cosas que cuenta en la novela. ¿Es lícito que pensemos que la identidad es, salvo detalles narrativos, prácticamente total?
-En cierto sentido, porque total, lo que se dice total, no puede ser la identidad en un caso como éste.

-Escribe usted en ese libro: "Entonces dije esa gran verdad de que, con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre del vivir". Y usted se preguntaba: "¿Puede decirse de alguien algo más hermoso?". En la vida real, cuando recogió el Cervantes, dijo algo similar de Ángeles. Un recuerdo impresionante. ¿Cómo lo vivió, cómo lo vive?
-Esa bella frase sobre mi mujer no es mía. Es de Julián Marías, que la dijo por primera vez en mi recepción en la Real Academia. Me dejó con un nudo en la garganta pensando: "Exactamente eso era ella".

-Han aparecido sus obras completas, y en la portada aparecen ustedes dos, su novia y usted. ¿Qué memoria viene primero a su mente cuando vuelve a verse en unas fotografías así?
-De la foto de Ángeles quinceañera que abre mis obras completas volví a enamorarme cada vez que la veía. Así pasó este verano. Esperando que amaneciera para mirar su fotografía. Siempre fue bella, pero, cuando la conocí, era tan bonita, inteligente y atractiva que tenía alrededor un centenar de moscones. Yo tenía un par de años más que ella, pero nos enamoramos, en el 46 nos casamos y en el 73 la perdí. Eso duró mi historia sentimental.

-Ese libro es también una narración sobre lo que el dolor o la incertidumbre hacen sobre el artista. La infelicidad lo interrumpe. ¿Le pasó a usted? ¿Cómo pudo dominar el dolor hasta volver a crear de nuevo, después de la muerte de Ángeles?
-El artista no sabe quién le empuja, cuál es su referencia, por qué escribe o por qué pinta, por qué razón dejaría de hacerlo. En mi caso estaba bastante claro. Yo escribía para ella. Y cuando faltó su juicio, me faltó la referencia. Dejé de hacerlo, dejé de escribir, y esta situación duró años. En ese tiempo pensé a veces que todo se había terminado.

-Hace usted ahí una reflexión muy poderosa, que nos compete a todos: "Es algo que suele suceder con las muertes: lamentar no haberles dicho a tiempo cuánto las amabas, lo necesarios que te eran". Es un sentimiento de pérdida muy hondo. Como si el olvido fuera imposible.
-El amor llega a ser una costumbre y no reparamos en sus efectos. Por eso yo lamentaba no haberle dicho a tiempo cuánto la amaba y cuánto la necesitaba. Era un sentimiento de pérdida tan hondo que no me consolaba de haberlo silenciado.

-En esta novela hay una insinuación sobre el carácter del ser humano, "sobre todo si es artista", demasiado pendiente de sí. Habrá visto muchos así. ¿Los tiene en la cabeza? ¿Cómo se ha relacionado usted con esa vanidad que cita?
-Siempre existe la vanidad en el artista, creo. A veces se muestra agresiva, absorbente. Nunca fue mi caso. La mía fue normalmente asimilada, controlada. Fuera del Premio Nadal, que me prendió fuerte, no recuerdo haber perdido pie por esta causa. Fui asimilando mi obra poco a poco.
-No poderse replantear el pasado "es una de las limitaciones más crueles de la condición humana". De todos modos, uno se lo replantea. ¿Qué tacharía?
-No conduce a nada. Es una pregunta normal en las entrevistas, pero creo que no conduce a nada. Tachar, enmendar mentalmente... ¿Para qué? Mis correcciones cuando he tenido que hacerlas han sido pequeñas, superficiales. A menudo, por mi gusto, habría vuelto a escribir la pieza entera. Pero eso no vale. Uno se queda a gusto o se queda frustrado. Es igual. El bien o el mal ya están hechos. […]


14 comentarios:

Anónimo dijo...

María, muchísimas gracias por ilustrarnos y acercarnos a ese gran escritor que es Miguel Delibes. Gracias por tu dedicación. Te envío un fuerte beso

marga dijo...

Me encanta la entrevista. Gracias, fondo norte. ¿Esto se debe considerar como un pistoletazo de salida? ¿Empezamos a leer y a destripar?

Cristina dijo...

Muy interesante el punto de vista de "Don Miguel". Gracias, María.

Cristina dijo...

he puesto una entrevista a los hijos de Miguel Delibes

Angela dijo...

María, el "anónimo" del principio soy yo, no se por qué no ha salido mi nombre

maria sur dijo...

María y Cristina gracias por este acercamiento.
Muchas veces pienso en esto de publicar en nuestro blog temas que ya aparecen en otros enlaces. Al final acabo convenciéndome de que es una buena práctica. No es lo mísmo navegar sóla por esos mundos que hacerlo de una mano amiga ¿no? Así que muchísimas gracias.
Estoy deseando leer el libro, que por cierto tiene prestado “mi invitada", aunque sé que va ser duro...

Cristina dijo...

yo ya me lo he comprado, aunque debo reconocer que estoy un poco perezosa en su lectura. Me pondré las pilas, porque se de una que está analizando a fondo su narrador protagonista, sus poliptontones y sus elipsis... ¡Ayyyyy!

Pilar dijo...

María, ¡¡¡GRACIAS!!!

la poliptotona dijo...

¡Temblad, ingenuas lectoras, temblad! ¡Llega el azote de la lectura placentera! ¡Manteneos atentas a vuestras pantallas!
(Bueno, no hace falta que os lo toméis al pie de la letra; podéis dormir, ir al trabajo y atender a vuestra familia, tardaré unos días en aparecer de nuevo)

una homonimia preocupá dijo...

uy, poliptontona, qué susto me has dado, uy, casi me da una Epanadiplosis del anaforismo con tu hiperbaton, pero si tardas unos días en volver, me tranquiliza asíndeton, a lo mejor me da tiempo a leermelo...

homonimica relajada dijo...

¿a que te gano, poliptontona? ¡¡tengo ya más palabritaaaaas!!

Cristina dijo...

poliptontona, te he ganado, aunque ahora necesito recuperar un poco las fuerzas antes de comentar nada... me ha resultado muy duro en estos momentos de mi vida, sobre todo las frases finales.

LA ENCUESTA dijo...

¡Ea! ¡ya estoy colocada para que opinéis sobre el libro del mes!

la que avisa no es traidora dijo...

una poliptontona dijo que iba a abrir una entrada con palabrejas y cositas sacadas del libro, y la estoy esperando para poner las mías, pero... pez que no nada se lo lleva la corriente... así que no voy a esperar mucho más para mi inmersión ¿eh?