domingo, 26 de febrero de 2012

CABEZA I. BACON


"Perdí la oreja izquierda de un mordisco, peleando con otro humano, creo. Pero por la delgada ranura que quedó, oigo claramente los ruidos del mundo. También veo las cosas, aunque al sesgo y con dificultad. Pues, aunque al primer golpe de vista no lo parezca, esa protuberancia azulina, a la izquierda de mi boca, es un ojo.”



Perturbador empeño el de enlazar este cuadro con los anteriores: ¡cuánto cuesta pasar de lo bello a lo feo, de la sensualidad a la repugnancia! ¡Y qué difícil tarea encontrar erotismo en un cuerpo mutilado!

“Mi sexo está intacto. Puedo hacer el amor a condición de que el mozalbete o la hembra que hace de partenaire me permita acomodarme de tal manera que mis forúnculos no rocen su cuerpo, pues si revientan mana de ellos el pus hediondo y padezco dolores atroces”

Complicado también imaginar dónde se topó don Rigoberto con él. Es seguro que no en “The Nude”, ni en ninguno de los veintitrés tomos empastados de la colección “Les maîtres de l´amour” que guardaba bajo llave. Posiblemente fue el monstruo quien, sabedor de la condición de amante entregado de nuestro personaje, se le acercó sigiloso y le susurró al oído sus vivencias, hablándole del erotismo de la parte más oscura del mundo del deseo. Y don Rigoberto se dejó cautivar y quiso ponerse en su lugar, ser él quien, desposeído de prejuicios, enseñaba “…que todo es y puede ser erógeno y que, asociada al amor, la función orgánica más vil, incluidas aquellas del bajo vientre, se espiritualiza y ennoblece”.

“Mírame bien, amor mío. Reconóceme, reconócete”



Bacon ya era un mito antes de morir. Él fue su mejor obra de arte. Un hombre de extremos. Genio maldito. Un caballero educado, elegante, borracho, jugador, promiscuo y pendenciero. Un ateo que pintaba papas. Con obra en todos los grandes museos de arte contemporáneo del mundo. Dulce y agrio. Traje a medida de Savile Row y labios pintados.


Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid 1992) fue un pintor anglo-irlandés de estilo muy personal, que puede definirse como figuración expresionista.
Su infancia no fue fácil. Padecía de asma crónica y tuvo una formación escolar irregular porque la enfermedad le impedía acudir al colegio; cuando sufría ataques asmáticos fuertes le administraban morfina. Fue expulsado de casa por su padre cuando tenía 16 años, al manifestar sus inclinaciones homosexuales.
A partir de 1927 vive entre París y Berlín, donde comienza a trabajar como decorador de interiores y es en esta etapa cuando empieza a pintar, no alcanzando el éxito con sus primeros cuadros.
Bacon decidió que el tema de sus pinturas sería la vida en la muerte: debía buscar a su yo más vital, pero también al más autodestructivo.
Tras residir medio año en Chantilly, regresa a Londres en 1929, y de forma autodidacta comienza a pintar en óleo. No obstante no había logrado el reconocimiento, y cuando cumplió 35 años, por su carácter temperamental, destruyó casi todos sus cuadros.

Es hacia 1944 cuando finaliza el tríptico Tres estudios de figuras junto a una crucifixión, un cuadro que ganó la aceptación y fue recibido muy bien por la crítica, además de ser considerado como uno de los cuadros más originales en el arte del siglo XX.
A finales de los años 40 empezó a conformar su estilo más inconfundible.
Bacon descubrió que la forma más simple y más efectiva para crear la intensa emoción que quería que sus cuadros transmitieran, era hacerlo de una sola embestida, que todo lo que necesitaba era una cara o una figura, apenas esbozada, una jaula o una cortina partida.
A partir de estas consideraciones, todo movimiento humano y toda expresión serían de su incumbencia: los amantes en la cama, los bebedores en el bar, los cuerpos de los luchadores revolcándose en la arena.
Bacon va a representar icónicamente el cuerpo como un objeto mutilado que regresa a la animalidad, que se encierra y enfrenta a sí mismo. Durante más de medio siglo, fue creando una serie de cuerpos crucificados, contorsionados, mutilados, deformes, con rostros en el límite de la desaparición, criaturas que copulan, defecan, vomitan, eyaculan, sangran, y se desmoronan.
El cuerpo -en la obra de Bacon- se hace carne, se descompone, se vacía, se prolonga en los torrentes de semen, se dilata, se mezcla con otros cuerpos, se metamorfosea en su reflejo. Bacon disecciona el cuerpo como un cirujano, para enfrentarnos a la vulnerabilidad de la condición humana. Crea un texto fisiológico, marcado por lo más abyecto del ser humano, que nos lleva a una profunda agresividad y violencia hacia el propio cuerpo y el de los otros.
La animalidad está impresa en la carne grosera, innoble, sórdida y, también, en los seres desgarrados, inacabados y descompuestos que Bacon pinta.
La pintura de Bacon abrió heridas en la belleza, horadó el sentido iconográfico del cuerpo para someterlo a una pesadilla pictórica sin precedentes en la pintura de occidente. Supo como nadie retratar la soledad de seres desgarrados por la vida que tratan de limpiar sus pecados en sucios y desolados lavabos; seres alumbrados por un sol degollado y concentrado en una anémica bombilla la cual ilumina, de malas maneras. estancias huidizas.

2 comentarios:

Cristina dijo...

pa comérsela, tu entrada, ¡y mira que era difícil!. Pero no has puesto que Bacon hizo hasta 40 versiones del retrato de Inocencio X de ¿quién?... ¡pues de nuestro Velázquez, chiquilla!

"Bacon había estado obsesionado por el poderío y la belleza del Retrato de Inocencio X de Velázquez durante años antes de pintar Head VI (Cabeza VI), su primera versión reconocible del cuadro, en 1949. Consideraba el retrato del maestro español una de las más grandes imágenes del arte occidental, y, según sus propias palabras, se había “obsesionado” con ella.

Reproducciones de la famosa pintura, en su mayoría en blanco y negro, colgaban de las paredes de su estudio o se esparcían en el caos de fotografías y materiales artísticos que cubría todo el suelo. En un momento dado, Bacon comparó su fascinación por esta imagen en concreto con un “enamoramiento” —esa especie de adoración semierótica del héroe que un jovencito puede desarrollar hacia un alumno mayor y más importante de la escuela.

Este curioso idilio dominó la vida de Bacon como pintor durante más de veinte años, desde 1949 hasta principios de los 70; y hasta 1971, cuando completó una segunda versión de Study for Red Pope (Estudio para Papa rojo), no superaría su obsesión con el retrato de Velázquez y lograría abandonarla. En aquel momento, Bacon había llevado a cabo unas cuarenta paráfrasis de la obra maestra española (o un número considerablemente mayor, si se tienen en cuenta las numerosas versiones que el artista abandonó o destruyó).

Para Bacon, la imagen papal presentaba una serie de posibilidades casi infinitas para la asociación y la metamorfosis. Su gran ambición como artista era crear imágenes que pudieran despertar secuencias de otras imágenes aparentemente sin relación con ellas, abriendo así lo que a él le gustaba llamar “las válvulas de la imaginación”. Al pasar de una versión del Papa a otra, Bacon daba rienda suelta al impulso libre, permitiendo que “el gran pozo de imágenes” que había en su interior saliera a la superficie en la obra que estaba haciendo y sugiriera nuevas formas cambiando constantemente sus implicaciones."

marga dijo...

Tienes razón, Cris, con tanta información y tanto erudito hablando de las obsesiones de Bacon, corté lo más importante (pero sí puse un retrato de Inocencio, ¿eh?).
(Gracias por unificar las tipos, ya estaba desesperada)