martes, 7 de octubre de 2014

ACTA CENA DE SEPTIEMBRE

¿Debo empezar por el final de lo que se trató en la cena para que  se convierta en el principio? La costumbre de ver mes tras mes, año tras año, la lista de libros propuestos y el elegido colgados en el blog prácticamente al día siguiente de la cena correspondiente, ha hecho olvidarme que la persona que  lo hace, este mes no vino. Te echamos de menos, Cristina. Mea despiste, que no es lo mismo que mea culpa. ¡Cómo si ella sin estar estando, se hubiera enterado de lo que cada una de las presentes propuso y votó!

Después de una serie de propuestas, el que más votos obtuvo fue “PANDORA” de Henry James, propuesto por las hermanas palentinas, a debatir el próximo 21 de Octubre, martes.
Ahí va la sinopsis:

Era improbable, pensaba el joven conde alemán Otto Vogelstein a su llegada a Nueva York, que volviera a cruzarse con la bella señorita Pandora Day, a quien conoció a bordo del buque que los llevaba a ambos rumbo a la ciudad. Pandora no pertenecía a la buena sociedad en la que, sin duda, Vogelstein iba a integrarse en cuanto comenzara su imparable carrera americana. Lo que el conde Otto no podía imaginar era que la Pandora que iba a volver a ver tiempo después, no solo se movería como él entre los más elevados círculos sociales, sino que se habría convertido en un espécimen extraordinario, en un nuevo prototipo irresistible de mujer. Otto Vogelstein creía haberlo aprendido todo sobre la sociedad de Washington, pero le quedaba la más importante y cruel de las lecciones.

Ganó a “El juez y el verdugo” (Durremart), propuesto por Rocío, a “Dispara que ya estoy muerto” (Julia Navarro), propuesta de Elena, “Tres noches” (A. Wreight), por Cristina, “Stoner” (John Williams), por mi, y “No confíes en Peter Pan” (John Verdom), propuesta de nuestra invitada.

Y ahora, vayamos al principio, al Acta:

“…Eduarda me habló de igual a igual, no de arriba abajo como el resto”, recuerda Adriana. Yo, lo primero que recuerdo de esa noche en la que debatimos sobre “Paraíso Inhabitado”, fue, sin embargo, mirar de abajo a arriba. Nueve en punto de la noche. Puntualidad británica para dar ejemplo, por aquello de ser la organizadora-pasada-de-lista-por-no-mirar-el-calendario-en-condiciones-para-tranquilidad-de-Cristina-cuando-en-realidad-me-tocaba-organizar-el-mes-siguiente-¡qué le vamos a hacer! Entro, apenas unos pocos pasos antes de empezar a subir la empinada escalera que te lleva a la azotea y ¡Zas! Los estrechos y empinados escalones están ya habitados transitoriamente por Elena, María Derqui, Ángela y Marga  en animada charla como si aquel fuera su lugar común para saludos, besos y reencuentros. Creo ver también a una Rocío transportada en la máquina del tiempo a los veinte años, larga melena rubia, expresión juvenil sobre una piel impoluta y fresca. Descubro que Rocío hija es la invitada y su presencia me libra de elucubrar cómo debió ser su madre a su edad.

Cenamos en la azotea, en una azotea desnuda de sábanas blancas al sol, sin trasteros ni recovecos, sin Tomasas ni misterios, Adrianas ni Gabis, ni lavaderos ni cuartos trasteros, pero con la esperanza  remota de escuchar risas infantiles con olor a libertad. Y sobre la mesa rectangular mirando al cielo, platos hindúes de colores y texturas diversos que nos hicieran soñar como Adri soñó y disfrutó aquel día inolvidable que pasó con un padre que se volvió ausente.

Imposible no coincidir en admirar la maestría y la belleza con la que Ana María Matute refleja el mundo intocado de la infancia. Recordarlo y sentirlo pasados los ochenta significa que nunca la abandonó. Unas releerían la novela, otras no. Unas la recomendaría, otras encuentran lagunas, pero a las siete nos gustó y a todas nos hizo rememorar sentimientos y sensaciones de cuando éramos pequeñas en un mundo de gigantes.

Nos vamos y volvemos de Paraíso Inhabitado porque es la primera cena después del verano, con lo que resulta difícil no desviar la conversación literaria a nuestras vidas y anécdotas personales. Porque la presencia de Rocío hija lleva a Rocío madre a recordar cuando, con la edad de su hija cruzaba la ciudad de noche, con los libros  pegados al pecho dentro de su trenca como si estuviera embarazada y ello le evitara problemas indeseados con cualquier desconocido que quisiera importunarla. ¿Fue así el recuerdo, Rocío? Porque yo, esa noche, por primera vez, y que no sirva de precedente, decidí no tomar notas para, así, disfrutar de la cena en plenitud, sin asumir que, ¡¡Oh, bendito paso del tiempo!! la desmemoria me jugaría una mala pasada y terminaría mezclando el piso que ha vendido Ángela pero que no ha vendido pero sí pero no, con las ilusiones de Rocío hija en el mundo de la farándula, con el cesto inconmensurable que Rocío madre nos mostró encantada, regalo para su querido marido que, al día siguiente cumplía 60 años y ¡Oh, Dios mío! No tengo ni idea de dónde vamos a invitarle a cenar, dadme ideas por favor, no ahí no que él no es de comer ese tipo de cosas, no ahí tampoco que hay que tener en cuenta que vamos con un niño chico, ¡Uy! Ese sitio suena bien pero nos pilla lejos, y esa tata María y esa tata Isabel, lo bien que refleja la autora el mundo del servicio doméstico,  no me digáis que no es bonita la manta que le he comprado también a José Antonio para acompañar a la maletita para el picnic cuyo interior tiene desde vasos a platos a un taper, y esa madre que va a su bola que si no es por las tatas qué habría sido de esa pobre niña, tomad, os he traído el primer capítulo de la novela póstuma de Ana María Matute, “Demonios familiares”, seguro que a José Antonio le hace ilusión el regalo porque …

Y así se nos fue la noche, y así terminó la cena… “Todo termina, todo se olvida. Y ha de ser así, de lo contrario, sería un cúmulo de cosas insoportable”, declaró Ana María Matute en una entrevista.  

Bajamos la empinada escalera dejando atrás la azotea donde pasamos dos horas de agradable charla y compañía, sintiendo ausencias, deseando bienestares, esquivando soledades… 

Rocío, ¿le gustó la maleta-picnic? ¿Y la manta para retozar en el campo después de comer tortilla de patatas y unos filetes empanados? ¿Y el lugar donde le llevasteis a cenar? ¿Y a Juan Carlos?

La infancia es más larga que el resto de nuestra vida”, solía decir Matute. Sería maravilloso escucharte en la próxima cena que a ese muchacho de sesenta recién cumplidos, le hiciste, con el regalo, sentir que aún, en cierto modo, no ha salido del todo de ella.


Nos vemos en la próxima cena. Un beso a todas.

3 comentarios:

marga dijo...

Muchas gracias, Pilar, por esta acta que tan bien refleja nuestro reencuentro y, sobre todo, por la ilusión que pusiste al buscar esa azotea por la que se paseó durante toda la noche un unicornio derrochando recuerdos de nuestra infancia.

maria sur dijo...

¿Por qué no Pilar? Mucho más rica el acta tamizada con los pequeños olvidos de la desmemoria y los divertidos guiños de la fantasía. Por mi no tomes notas nunca y cuéntamelo después como tú solo sabes.Gracias!

Y como regalito, más de la Matute, aunque vete tú a saber pues como ya sospechó ella seguro que hay más de una cita suya por ahí que jamás pronunció; en cualquier caso ahí va eso:
“El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”

julia carlota dijo...

Preciosa acta Pilar, perdón por haberla leído tan tarde. Le gustó la cesta y la cena, a Juancarlitos también aunque de vez en cuando se bajaba de la silla para jugar con sus playmobils, ajeno a la celebración.