domingo, 17 de febrero de 2013

SYLVIA BEACH EN PARIS

El 1 de febrero de 1922, en París, Sylvia Beach esperaba en la Gare de Lyon una encomienda enviada por el impresor Maurice Darantière. Aquella mañana, un funcionario bajó del tren y le entregó el paquete con los dos primeros ejemplares de Ulises. Justo al día siguiente su autor, James Joyce, cumpliría cuarenta años. Y Beach, satisfecha, cumplía con el anhelado sueño del escritor.
Beach, quien vivía en París desde 1917, había aceptado con placer su rol de editora, mecenas, agente y hasta secretaria del escritor que tanto admiraba. Una empresa de la que varios habían desistido: los tipógrafos huían del indescifrable manuscrito de Joyce y además temían a la censura.
Pero antes de entregarse al Ulises, Beach adelantaba con obsesión otro proyecto arriesgado: su propia librería. En un principio la joven quería una librería francesa en Nueva York, pero los pocos ahorros de su madre, financista de la empresa, la obligaron a desistir. Entonces, favorecida por el tipo de cambio, invirtió la idea y concibió lo opuesto: una librería inglesa en París. Lo común en aquel tiempo era que una mujer montara un taller de costura o una confitería. Pero Sylvia no seguiría los patrones culturales inculcados por su padre, un pastor de la iglesia presbiteriana. Tampoco sería esposa ni ama de casa.
Pero la librería de Beach no habría existido sin la asesoría de su amiga, y más tarde pareja, Adrienne Monnier, a quien conoció un día de marzo de 1917 luego de leer la revista Vers et Prose distribuida por la librería Monnier. Un impulso inexplicable llevó a Sylvia al número 7 de la rue l’Odéon donde estaba La Maison des Amis des Livres. La joven Adrienne la recibió con cordialidad y de inmediato comenzaron a hablar de literatura. “Amo a América”, le dijo, a lo que Beach respondió: “Y yo amo a Francia”, sellando con esas palabras una amistad amorosa que duró hasta el suicido de Monnier en 1955.
Para ese momento, Adrienne tenía cuatro años como librera, y su habilidad para echar adelante el negocio en plena guerra era su mayor fortaleza. Por eso se convirtió en guía de una novata y aventurera como Beach. Fue Adrienne quien consiguió la primera sede de Shakespeare and Company, en la rue Dupuy-tren: un local que había funcionado como lavandería y era perfecto para dar los primeros pasos. Ese mismo día le envío a su madre un conciso telegrama: “Abro librería en París. Enviar dinero”.
París –y sobre todo la Rive Gauche donde se instalaba la librería– era un hervidero cultural cuando Shakespeare and Company abrió sus puertas el 17 de noviembre de 1919. En la ciudad se respiraba un aire de tolerancia y libertades que atrajo a artistas, cineastas y escritores. Y la librería se convirtió rápidamente en un club de lectura y de amigos donde recalaban los compatriotas de Beach de paso por París. Su amiga Morril Codi llamó a Shakespeare and Company “cuna de la literatura americana” y lo describió como “un almacén con personalidad”.
“Como imaginaba, en París era más fácil prestar libros que venderlos”, escribe Sylvia Beach en sus memorias. Lo decía porque las ediciones de escritores modernos, que exigían el cambio de libras esterlinas o dólares a francos, eran lujos que los franceses no podían darse. Por eso su negocio se basaba más en préstamos que en ventas. Todos los abonados podían llevar uno o dos libros por un máximo de quince días; excepto Joyce, que se llevaba una docena y los devolvía al año.
En poco tiempo la librería recibió a personajes que harían parte de la historia y darían fama al lugar. Uno de los primeros fue Ezra Pound. De él escribe Beach: “No era el tipo de escritores que habla de sus libros o de los libros de los otros. Encontré un hombre modesto que solo se vanagloriaba de sus habilidades como carpintero”. Siguió el resto de la generación perdida: Hemingway (quien se bautizó a sí mismo como “el mejor cliente”, ya que además de ser asiduo visitante pagaba en dólares); John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald. Pero también T.S. Eliot, Djuna Barnes, George Moore, Gertrude Stein y su pareja Alice B. Toklas. Y la lista se extiende a los franceses: Paul Valéry, André Gide, Valéry Larbaud. Todos, más que clientes, llegaron a ser amigos de la dueña.
Genio en París
Pero su visitante más insigne, y el que cambiaría el rumbo de su vida, fue James Joyce. Beach lo conoció en una reunión en 1920: “Tuve conciencia de estar frente a un genio, y no había conocido ninguno con quien fuera tan fácil hablar”. Beach le habló de su librería y él inmediatamente sacó una libreta y, acercándosela exageradamente a los ojos, anotó la dirección y prometió una visita que cumplió dos días después. “Todo en él indicaba que era un hombre de excepcional sensibilidad. Pensé que de joven debió ser muy bello. Se expresaba con simplicidad, escogiendo cada una de las palabras”.
Lo que siguió es material para muchas páginas: la odisea de editar Ulises, el libro que Joyce había empezado hacía siete años y que todavía no terminaba, en parte por la dificultad que tenía al escribir: un glaucoma le impedía ver con claridad, y se negaba a dictar el relato. Prefería batallar a solas con cada una de las palabras escritas de su puño. Joyce había gastado sus ahorros en la mudanza a París. Sin trabajo y con una familia que mantener, su situación económica era muy precaria. Las finanzas de Beach no estaban mucho mejor, pero su idea de editar el libro le gustó a Joyce. La edición se financió gracias al dinero de unos mil suscriptores que ella consiguió.
Mientras Joyce le dedicaba diecisiete horas al día al Ulises, sin ganar dinero, la editora se veía en el deber de sufragar sus gastos. Entre Beach y Joyce nunca hubo cuentas claras. Según ella, el escritor no quería oír hablar de contratos. Sin embargo, la editora cubría los gastos bajo la forma de préstamos que el escritor devolvía, pero con el tiempo, los “préstamos” se convirtieron en “adelantos” sobre la venta del Ulises. “Yo había asumido la publicación del libro y lo debía hacer a costa de lo que fuera, además de mantener la librería. Empezaba a temer que todos caeríamos en bancarrota”, escribió.
Sin embargo, Sylvia hizo todo con un placer inmenso y desinteresado: “Desde el principio comprendí que trabajar con Joyce, o para él, significaría para mí un placer infinito; el provecho sería para él”. Joyce parecía valorar su esfuerzo más que ella misma: “Lo que ella hizo fue nada menos que regalarme los diez mejores años de su vida”, le dijo el irlandés a su amiga María Jolas.
Una vez impresas las mil copias, el éxito del libro fue imparable. La librería se convirtió en la oficina de Joyce: allí iban a buscarlo turistas, amigos, fans y periodistas. A nadie parecía importarle que aquella primera edición –732 páginas empastadas– estaba plagada de errores (hasta seis errores por página­). S&C publicó en total once reimpresiones de Ulises, y alcanzó las ventas de varios miles de ejemplares.
Pero Beach nunca disfrutó del éxito económico: un año después del crack de Wall Street, estaba al borde de la quiebra. En 1931 despidió a su ayudante, vendió su carro y pidió préstamos a amigos y a su madre para pagar las deudas de Joyce. Con la crisis los clientes disminuyeron, pero S&C siguió adelante.
Los contrastes de Sylvia
Escribe Noel Riley en su libro sobre Sylvia Beach y la generación perdida: “Sylvia se cortaba el pelo, nunca llevaba maquillaje e insistía siempre en que le hiciesen las faldas cortas para tener más facilidad de movimientos y en que les pusiesen bolsillos. Le encantaba hacer juegos de palabras, citar versos cómicos y gastar bromas”.
Los aspectos de su personalidad fueron descritos más por sus amigos y biógrafos que por ella misma en sus memorias, donde la gran protagonista es la historia de su librería y de los escritores célebres que la frecuentaron. Janet Flanner en su ensayo en memoria de Beach escribe: “Sylvia tenía una mente clara y vigorosa, una excelente memoria, un enorme respeto por los libros como objeto de civilización. Y fue, sin duda, una gran librera. Adoraba la palabra impresa y los libros que atestaban sus estanterías”.
En Sylvia se conjugaba una profunda contradicción: mientras era a los ojos de todos una mujer liberada de la familia y el matrimonio, en el fondo era una mujer que se reprimía físicamente y le costaba asumir su lesbianismo. Aunque vivieron juntas diecisiete años, la relación con Adrienne estaba marcada por el recato y la moralidad: “No sé si sería por mi educación puritana, pero el caso es que cuando yo andaba por los trece años mi madre me dijo que no dejase nunca que un hombre me tocase, y siempre tuve físicamente miedo a los hombres. Probablemente a esto se debe que viviese feliz tantos años con Adrienne”.
Sylvia se refería a sí misma como “un cansado empresario”. Su vestuario para la época, sobrio y práctico, era considerado como “hombruno”. Se expresaba en un francés fluido y casi sin acento, y se daba el lujo de inventar palabras mezclando el francés y el inglés –los llamados “sylvismos”– con “un exquisito sentido del lenguaje”, según escribió Adrienne.
Explica Shari Benstock en su libro Mujeres de la Rive Gauche. Paris 1900-1940 que el gran éxito de Adrienne y Beach se debió a la negativa de ambas a comprar ningún libro que previamente no hubiesen leído: “La historia literaria ha reconocido que ambas fueron mucho más que simples libreras. Hicieron de una profesión ordinaria algo extraordinario. Y sin embargo, sus logros han sido considerados más en un plano práctico y personal que intelectual y artístico”.
El fin de Shakespeare and Company llegó en 1941, cuando un oficial alemán pidió, en perfecto inglés, que le vendiera el ejemplar expuesto en vitrina de Finnegans Wake, de Joyce. “No está en venta”, dijo Sylvia. Y ante la insistencia del hombre, ella explicó que era el último ejemplar y quería conservarlo. “¿Para quién ”, preguntó el oficial. “Para mí”, dijo ella. A esto siguió una amenaza de confiscación que se cumplió días después. Cuando llegaron las tropas, la librería había sido desmantelada por su dueña y no quedaba ni el cartel. A falta de libros se la llevaron a ella, rumbo a un campo de concentración al sur de París, donde estuvo seis meses. Sylvia Beach salió en libertad y volvió a la rue l’Odeon donde había vivido siempre, pero Shakespeare and Company nunca más abrió sus puertas. No en esa calle.
En 1951, Georges Whitman, también un expatriado americano, abrió una librería en el 37 de la rue de la Bûcherie, frente a Notre Dame, a la que llamó Le Mistral. Hace cincuenta años, en 1962, el año en que murió Sylvia Beach, y en homenaje a ella, Whitman cambió el nombre por el de Shakespeare and Company. El librero murió en el 2011 pero S&C sigue en pie y todavía es atendida por Sylvia Beach, pero no la audaz americana y la editora del Ulises, sino Sylvia Beach Whitman, la hija del señor Whitman, que decidió, como homenaje póstumo, bautizarla con el nombre de su predecesora.

4 comentarios:

Cristina dijo...

Es fascinante la historia de Silvia Beach y su librería, de la que el libro sólo deja esbozos de su personalidad. Yo la tenía también pensada para ponerla un día de estos. Gracias, María.

pilar dijo...

Gracias, María. Una historia más que te habla de la vida.Estupendo leerlo

julia carlota dijo...

Gracias María, qué bueno leer este pedazo de la historia.

marga dijo...

Ya sabía yo que esta mujer tenía mucho más que contarnos. Gracias, María, por traerla.